lunes, 19 de mayo de 2008

Altas horas

Extraño el aire fresco del rocío. La noche se presta. Otra vez perderé la mañana. Respiro, estoy cerca de la poesía. Me ayuda a entender. Sigo pensando lo mismo. Que no, que yo no quiero que mueras para mí.

miércoles, 23 de abril de 2008

Teoría de un gran robo

Rodo bajó del tren, y tomado de la mano de su mamá, caminó hasta la casa de la abuela. Había una pesadez en el aire, que lo hacía sentir agobiado. Pero no era el calor. Ni la humedad. Era algo en el humor de la gente, que lo reprimía, lo entristecía.

-¿Qué pasa, chiquito?- se dio cuenta su abuela.
Rodo levantó la mirada y tras un breve instante, preguntó.
-¿Por qué están todos enojados?
-¿Todos quienes?
-Los que caminan en la calle. Los que andan en tren. Los que manejan los autos.
La abuela entendió.
-¿Los porteños?
-Sí. Todos. Los que salen en el noticiero.
-Chiquito, hay una razón y es muy simple: ha habido un robo.
-¿Qué robaron?
-Las estrellas.
Rodo frunció el ceño. ¿De qué hablaba la abuela?
- Las luces de la ciudad son tantas, que Buenos Aires se ha quedado sin estrellas. En la ciudad ya nadie mira para arriba. Nos han robado primero las estrellas. Después, la costumbre de mirar al cielo.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Que entonces miran todos para abajo, para el propio ombligo. Y como es lo único que ven, creen que es lo más grande, lo más importante. Entonces cualquier problema chiquito parece el peor del mundo.
-¿Los problemas chiquitos no son importantes?
-¡Sí que son importantes! Problemas va a haber siempre, y nos van a preocupar. Pero sería bueno poder encararlos como lo que son: problemas, dificultades. No monstruos inmensos inabarcables. Si tuviéramos estrellas para mirar, si las miráramos todas las noches, entenderíamos.

Rodo no entendió mucho en aquel momento. Desde entonces, aprovechó cada oportunidad que tuvo para mirar el cielo. Tampoco fue entendiendo más con el tiempo.

Pero sí encontró allí un refugio. Y se sintió mucho mejor.

domingo, 13 de abril de 2008

Te extraño

Me ilusiono cada día, y espero. Sí, sigo esperando. Regreso a cualquier hora pero, sin excepción, te busco. Y cada día me decepciono. Todas las veces son iguales, se sienten igual. Mi cuerpo no aprende, y cada desencuentro es el mismo fracaso, la misma frustración. Cada silencio duele en el mismo lugar. No espero mucho. Sólo que endulces, apenas, la espera. Un susurro que dé cuenta de tu respirar. Una brisa que traiga alivio de tu ausencia, que me devuelva -un poco- la sonrisa.

viernes, 22 de febrero de 2008

No podría haberlo dicho mejor...

Este es de Julio Cortázar, y se llama Happy new year

"Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano esta noche
de fin de año, de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres."

Sólo eso pido.

martes, 19 de febrero de 2008

Monstruos rabiosos en la ciudad

Hay monstruos rabiosos en la ciudad. Son muchos, se pintan de colores de carnaval, y todos tienen su número de catálogo, aunque andan sueltos. Nos comen y nos vomitan a diario. Nos dejan sordos, asfixiados, confundidos. Creo que trabajan para el gobierno. En todo caso, colaboran con su causa. Son fieles herramientas para fomentar nuestra ansiedad, nuestro estrés y nuestro aislamiento. Gimen como dinosaurios prehistóricos, y lanzan el humo de dragones extinguidos. Nos atrofian las piernas, nos sarandeaan como un cóctel. Los monstruos furiosos andan las distancias de la ciudad gigante. Estoy segura: trabajan para la reina. Nos comen y nos devuelven, bien confundidos.

Amanece

La luz del día amenaza de la peor manera: tranquila, sutil. Y el rumor de la noche eterna se rompe en amarga mañana que, sin remordimientos, marca el final de nuestro abrazo. Intento aferrarme, mientras aparece con fuerza el primer desgarro, y una lágrima tibia se desliza entre tus sábanas. Y luego otra. Y otra. Intento detenerlo, pero el llanto es mudo e inevitable. Entonces tu voz intenta un consuelo, pero el momento está muriendo ya, y el vaho oscuro de la despedida invade lo que queda de aire, llevándoselo todo.

jueves, 24 de enero de 2008

Dulcísimo adiós

Odioso desconsuelo,
la ciudad sigue viviendo,

caliente, febril.

Tu olor en mi piel

me abraza, cálido,

envolviéndome poco a poco

con tu ausencia.

Dulcísimo sabor el de tu adiós.
Todo fue perfecto,
hasta la última lágrima.
Mi cara se descompone,
mi pecho
te sigue llamando.
Mi lengua
se esconde,
dormida,
no entiende el sinsentido.
Afuera sigue el sol en lo alto.
Acá,
el vacío inmenso de este no lugar,
de esta bronca incontrolable
de no poder retenerte,
de tener que decirte adiós,
sabiéndote en este mundo,
extrañándote desde los ojos
hasta las vísceras,
desde el mismísimo instante
del primer paso sin vos.

Finísimos hilos

Son como pequeñísimos desgarros que empiezan en el pecho, pero por dentro. Finísimos hilos de fuego, que van curtiendo, desde el centro, los pulmones, la pleura, los huesos, la piel. El dolor quiere escapar por cada poro, pero encuentra resistencia, se recicla, y circula por la piel, furioso, intentando salir. Un intenso abrazo de ausencia se aferra a mi cintura, y presiona... presiona. No deja escape. Sube hasta el cuello, y en la garganta se vuelve congoja, y no me deja respirar. La espalda se vuelve de piedra, conteniendo el cuerpo sangrante. Las piernas no responden, lloran ellas también la desasón inhalada en ese último hálito de frescura.

lunes, 21 de enero de 2008

Que vengan nomás

¡Vendrán a decirme que baje los piés! Me dirán que él es muy joven para mí, que volver a casa en tren a la noche es demasiado peligroso para una chica. Dirán también que no son horarios para andar por aquella zona, y que estoy muy grande para estar jugando en el cordón de la vereda. ¡Psst, si te viera tu abuela! Qué mal que te quedan las malas palabras, con esa boquita, habráse visto. Vendrán a decirme que ya no estoy para correr por la calle descalza. ¡Que esos colores no combinan, que ese pullover ya está muy viejo! Y yo le diré al viento, hermano, que ya no tengo oídos para tantas pavadas...