Sentía olor a basura química cada vez que probaba bocado. No sé cómo olerá la basura química, pero para mí huele a la calle Campos en partido de San Martín, en el tramo donde están todas las fábricas (químicas). La comida, sin embargo, no sabía mal. Tardé dos o tres bocados hasta darme cuenta de dónde salía ese olor: eran mis uñas pintadas. Sería un esmalte trucho, seguramente. Nunca puse mucha atención a esas cosas. No sirvo para pintarme las uñas. Sólo lo hago en ocasiones. Y se nota. Esta máscara oprime mis dedos, como un corpiño muy apretado. Hoy tengo una fiesta. Seré fuerte y soportaré este sostén de dedos hasta mañana. Intentaré no acercar mis manos a la nariz de nadie. Perdón si hoy te acaricio, acomodo tu pelo o te quito una miga del bigote. Prometo que mañana volveré a oler a mí.
martes, 8 de julio de 2008
lunes, 2 de junio de 2008
Tren espiral
No logro sacarme la basura del ojo. El viento golpea, sin descanso. Viajo con la ventana abierta, aunque haga frío. Es la mejor manera. Mejor que las pantallas. La basura molesta. Lagrimeo. Se vuelve insoportable. No encuentro los porqués. La hipnosis no cesa. El pinchazo en la córnea hace rato que es dolor. El paisaje: el mismo. De tanto verlo, lo anulo. Más lágrimas, más viento. Se suma un rechinar que agudiza la parálisis. ¡No logro entender! ¿Por qué los pies deben estar abajo? ¿Por qué sigo haciendo lo que hago?
Un remitente bien claro
Te escribo desde acá, desde mi lugar de mujer sensible, desde mi condición de profesional soltera, desde mi punto de vista distraído, mi paranoia de estar siempre perdiéndome algo mejor, desde mi hueco en la cama, mi alfombra azul, que de tanto en tanto vuela, desde mis noches pobladas de sueños, mis miedos estúpidos, mi computadora quejosa, mis ojos abiertos, mi estómago ansioso, te escribo desde mi almohada tibia, húmeda, desde mis noches insomnes, desde mi presente incompleto, desde mis preparativos de viaje, mis papeles que cambio de lugar una y otra vez, creyendo que los voy ordenando. Sé muy bien desde dónde te escribo. Lo que no me queda claro, amor, es adónde mandarte mi carta.
lunes, 19 de mayo de 2008
Altas horas
miércoles, 23 de abril de 2008
Teoría de un gran robo
Rodo bajó del tren, y tomado de la mano de su mamá, caminó hasta la casa de la abuela. Había una pesadez en el aire, que lo hacía sentir agobiado. Pero no era el calor. Ni la humedad. Era algo en el humor de la gente, que lo reprimía, lo entristecía.
Rodo levantó la mirada y tras un breve instante, preguntó.
-¿Por qué están todos enojados?
-¿Todos quienes?
-Los que caminan en la calle. Los que andan en tren. Los que manejan los autos.
La abuela entendió.
-¿Los porteños?
-Sí. Todos. Los que salen en el noticiero.
-Chiquito, hay una razón y es muy simple: ha habido un robo.
-¿Qué robaron?
-Las estrellas.
Rodo frunció el ceño. ¿De qué hablaba la abuela?
- Las luces de la ciudad son tantas, que Buenos Aires se ha quedado sin estrellas. En la ciudad ya nadie mira para arriba. Nos han robado primero las estrellas. Después, la costumbre de mirar al cielo.
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Que entonces miran todos para abajo, para el propio ombligo. Y como es lo único que ven, creen que es lo más grande, lo más importante. Entonces cualquier problema chiquito parece el peor del mundo.
-¿Los problemas chiquitos no son importantes?
-¡Sí que son importantes! Problemas va a haber siempre, y nos van a preocupar. Pero sería bueno poder encararlos como lo que son: problemas, dificultades. No monstruos inmensos inabarcables. Si tuviéramos estrellas para mirar, si las miráramos todas las noches, entenderíamos.
Rodo no entendió mucho en aquel momento. Desde entonces, aprovechó cada oportunidad que tuvo para mirar el cielo. Tampoco fue entendiendo más con el tiempo.
Pero sí encontró allí un refugio. Y se sintió mucho mejor.
domingo, 13 de abril de 2008
Te extraño
Me ilusiono cada día, y espero. Sí, sigo esperando. Regreso a cualquier hora pero, sin excepción, te busco. Y cada día me decepciono. Todas las veces son iguales, se sienten igual. Mi cuerpo no aprende, y cada desencuentro es el mismo fracaso, la misma frustración. Cada silencio duele en el mismo lugar. No espero mucho. Sólo que endulces, apenas, la espera. Un susurro que dé cuenta de tu respirar. Una brisa que traiga alivio de tu ausencia, que me devuelva -un poco- la sonrisa.
viernes, 22 de febrero de 2008
No podría haberlo dicho mejor...
"Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano esta noche
de fin de año, de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres."
Sólo eso pido.
martes, 19 de febrero de 2008
Monstruos rabiosos en la ciudad
Hay monstruos rabiosos en la ciudad. Son muchos, se pintan de colores de carnaval, y todos tienen su número de catálogo, aunque andan sueltos. Nos comen y nos vomitan a diario. Nos dejan sordos, asfixiados, confundidos. Creo que trabajan para el gobierno. En todo caso, colaboran con su causa. Son fieles herramientas para fomentar nuestra ansiedad, nuestro estrés y nuestro aislamiento. Gimen como dinosaurios prehistóricos, y lanzan el humo de dragones extinguidos. Nos atrofian las piernas, nos sarandeaan como un cóctel. Los monstruos furiosos andan las distancias de la ciudad gigante. Estoy segura: trabajan para la reina. Nos comen y nos devuelven, bien confundidos.
Amanece
La luz del día amenaza de la peor manera: tranquila, sutil. Y el rumor de la noche eterna se rompe en amarga mañana que, sin remordimientos, marca el final de nuestro abrazo. Intento aferrarme, mientras aparece con fuerza el primer desgarro, y una lágrima tibia se desliza entre tus sábanas. Y luego otra. Y otra. Intento detenerlo, pero el llanto es mudo e inevitable. Entonces tu voz intenta un consuelo, pero el momento está muriendo ya, y el vaho oscuro de la despedida invade lo que queda de aire, llevándoselo todo.